Imagen de uno de los viajes anteriores a Ruanda
Aurelio Maroto
“En julio volveremos a Ruanda para seguir con nuestros proyectos de ayudar a la gente que pasa necesidad”. La voz pausada de Feliciano Harindintwari emerge de nuevo en una tertulia cargada compromiso en Canal 2000TV. A su lado, la periodista y voluntaria Natalia Sánchez conducía una conversación que era más que una entrevista: era una ventana abierta a una de las zonas más olvidadas de Ruanda y a un grupo de voluntarios manchegos empeñados en cambiar vidas desde la cercanía.
El proyecto, denominado ‘Un corazón para Ruanda’, está impulsado por voluntarios altruistas y tiene como principal objetivo acompañar a colectivos vulnerables en el país africano. No se trata únicamente de enviar ayuda puntual: “Es un proyecto a largo plazo, no es repartir las máquinas y ya, no; queremos seguir acompañando al grupo poco a poco para que puedan crecer y ganarse la vida”, explicó Feliciano Harindintwari, sacerdote ruandés que trabaja como vicario en la parroquia de San Juan Bautista de la Concepción de La Solana.
Recuerda el impacto que tuvo la entrega de 26 máquinas de coser a madres solteras de la remota región de Birambo, en el oeste de Ruanda. Muchas de esas jóvenes son menores de edad, mujeres solteras que sobreviven en condiciones extremas, repudiadas en ocasiones por sus propias familias. “No tienen nada bueno para alimentar a sus niños para que puedan crecer bien”, lamenta. La iniciativa pretende ofrecerles formación, autonomía económica y también un espacio de apoyo mutuo. “Les ayudaremos a juntarse en un grupo como una cooperativa para poder trabajar juntos, ganar algo de dinero y educar a sus hijos”.

Los cooperantes con un grupo de viudas en Kibirizi
La idea encontró rápidamente eco entre grupos parroquiales. Ana Isabel Rodríguez ha relatado cómo nació la implicación de los grupos de oración de madres de Argamasilla de Alba y Tomelloso. “Cuando Feliciano nos habló de aquellas madres solteras que no tenían cómo sacar adelante a sus hijos, nos movilizamos enseguida”. Aquella llamada a la solidaridad se extendió entre familiares, conocidos y colaboradores hasta reunir los fondos necesarios para adquirir las máquinas de coser. Ha destacado que el proyecto va mucho más allá de enseñar un oficio. “Es darle una nueva vida porque esas mujeres no tenían trabajo ni cómo alimentar a sus hijos”. La voluntaria insistió también en la importancia de la transparencia y del contacto directo con la realidad sobre el terreno. “La gente ha seguido colaborando porque ha visto que el dinero llega directamente allí”. Los vídeos diarios grabados durante las expediciones ayudaron a reforzar esa confianza y permitieron que muchos vecinos de La Solana sintieran Ruanda un poco más cerca.
Durante la tertulia, emergió con fuerza el nombre de Birambo, una zona prácticamente desconocida incluso para muchos ruandeses. “Es muy inaccesible, allí no llega nadie”, explica Natalia Sánchez. “Preguntaba en Kibuye si conocían Birambo y muchos no sabían ni que existía”. Allí, entre caminos de tierra y aldeas aisladas, la pobreza golpea especialmente a viudas, huérfanos y enfermos.
Proyecto agrícola y ganadero
Pero el horizonte del proyecto no termina en la costura. La conversación derivó hacia un nuevo reto: la agricultura. Ahí entra en escena Casto García-Cervigón, que viajará este verano a Ruanda para estudiar sobre el terreno posibles mejoras agrícolas. El sindicalista agrario confiesa que todo comenzó cuando descubrió que muchos agricultores ruandeses siguen trabajando exclusivamente con azadas. “No conocían el arado romano ni la mula”, dice sorprendido. En Ruanda, más del 80 por ciento de la población vive de la agricultura, aunque paradójicamente los agricultores son los más pobres del país. Feliciano resume la situación con crudeza: “Trabajan mucho y producen poco porque todo se hace a mano”. La intención ahora es impulsar un cambio progresivo hacia modelos cooperativos y técnicas más eficientes.
Casto García-Cervigón enfatiza la necesidad de transformar mentalidades antes incluso de introducir maquinaria. “La gente está en su parcelita pequeña trabajando individualmente; hay que pensar en trabajar en colectivo”. El proyecto contempla formación técnica, reorganización de pequeñas parcelas y el uso de maquinaria sencilla y reparable. “No se trata de mecanizar por mecanizar, sino de que produzcan más y puedan vivir dignamente”. La idea, insiste, pasa por que las propias comunidades controlen toda la cadena productiva. “Que consigan todos los eslabones desde la producción hasta la comercialización”. “Solo así podrán escapar de la pobreza estructural”.
La labor de ‘Un corazón para Ruanda’ se enmarca en el espíritu de cooperación y acompañamiento social. En este sentido, Feliciano harindintwari quiso lanzar un último mensaje de agradecimiento. “Seguiremos colaborando y ayudando poco a poco”. Agradeció especialmente la implicación de vecinos de La Solana, Argamasilla de Alba y Tomelloso, así como de todos aquellos que continúan aportando donativos para sostener una iniciativa que intenta abrir caminos de esperanza en uno de los rincones más olvidados de África.




