Un niño lleva sus flores a la patrona durante la ofrenda floral Foto: GACETA
Aurelio Maroto
La Plaza Mayor se quedó pequeña, una vez más. La tarde de este viernes, 18 de septiembre, fue creciendo alrededor de la Virgen de Peñarroya hasta convertirse en una de esas estampas que ocupan tertulias durante largo tiempo. Flores. Familias. Tradición. Cientos de personas haciendo cola para encontrarse con la patrona y mostrarle su devoción en forma de flores. Sin duda, uno de los platos fuertes de la Semana de Exaltación. La Solana entera se echó a la calle.

Desde las siete de la tarde, los fieles comenzaron a llegar con sus ramos. Primero fueron unos pocos. Después, decenas. Finalmente, centenares. La fila avanzaba despacio, con esa paciencia propia de quien sabe que la espera también forma parte del rito. Por momentos, la cola alcanzó casi llenó la calle Doña Ángela, acercándose incluso a la embocadura con la calle Carrera. Desde allí hasta el pórtico de Santa Catalina. Cerca de cien metros de espera. Y nadie parecía tener prisa.
En el pórtico norte de Santa Catalina esperaba la Virgen a bordo de su carroza, bellamente engalanada para la ocasión, presidiendo la escena junto al Chatillo. A sus pies se repetía una fotografía mil veces distinta. Padres. Abuelos. Hijos. Nietos. Algún que otro bebé. Familias enteras queriendo guardar para siempre el momento de estar junto a ella. Los niños y niñas vestidos de manchegos pusieron la nota más entrañable. Chalecos, pañuelos, faldas, refajos…. La tradición hecha infancia. Muchos posaron para las cámaras antes de depositar las flores.
Mientras tanto, los caballetes colocados por la cofradía mariana empezaron a llenarse. Un ramo detrás de otro. Una promesa. Un recuerdo. Un gesto de devoción. Algunos directivos se afanaban para colocar las ofrendas. Otros vendían merchandising.

La tarde siguió cayendo lentamente, y la plaza siguió llenándose. Cada minuto llegaba más gente. Cada minuto quedaba menos espacio libre. Hasta que la Plaza Mayor se convirtió en un enorme escenario humano alrededor de la patrona, tan caótico por la cantidad de mesas y sillas que mucha gente llevó de sus propios domicilios para cenar al estilo romero, como cordial en un ambiente de buena convivencia. Entonces ya no hubo casi huecos. Solo cabezas, flores y rostros iluminados por la última luz del día. Cayó la noche y arrancó la fiesta, esta vez a ritmo de tortillas, pistos, dulces y música.





