Boni Ofogo durante uno de sus encuentros en el patio del Don Diego Foto: GACETA
Aurelio Maroto
El patio del Don Diego se convirtió este fin de semana en un refugio de historias comunes, un lugar donde la palabra volvió a ser protagonista sin más artificio que la voz. Uno de los protagonistas fue el cuentacuentos camerunés Boni Ofogo, que participó en el II Festival de Cuentos ‘Soñando en azul y amarillo’. Reunió a niños y adultos con una misma disposición: escuchar.
Ofogo no necesita escenografías complejas. Le basta una pequeña mesa, la indumentaria precisa y observar al público para adaptar el relato como quien afina un instrumento en directo. “Es un arte vivo”, ha explicado en una entrevista concedida a Radio Horizonte, donde ha dejado claro que cada sesión es única, moldeada por la energía de quienes escuchan. Y eso se notó desde el primer momento en La Solana. Hubo risas, silencios atentos y una complicidad que creció con cada historia.

El festival cuenta con una intérprete de signos Foto: GACETA
Llegado a España en 1988 tras estudiar Filología Hispánica en su Camerún natal, Ofogo habla desde la experiencia cuando reflexiona sobre la evolución del mundo que encontró entonces y lo que vivimos ahora. “Ha llovido mucho”, resume, aunque se queda con lo esencial: la capacidad humana de acoger, de emocionarse, de mantener el corazón abierto. Frente al ruido -esa minoría “muy ruidosa” que, en sus palabras, siembra odio- reivindica la mayoría silenciosa: “el 99,9% de la gente es buena”. Una afirmación que no suena ingenua, sino profundamente vivida.
En ese contexto, los cuentos adquieren un valor casi terapéutico. Para Ofogo, son semillas de ternura, herramientas para recuperar algo que, a su juicio, estamos perdiendo: la capacidad de escucharnos. “Muchos problemas vienen de no saber escuchar”, advierte. Y ahí es donde su trabajo cobra sentido, especialmente en tiempos dominados por la inmediatez digital. Las redes sociales, señala, han erosionado la paciencia, sobre todo entre los más jóvenes, cada vez menos habituados a sostener la atención sin estímulos visuales constantes.
Por eso, su paso por el festival no se quedará en esta primera cita. Durante la semana visitará los dos institutos de la localidad, donde intentará, una vez más, que los alumnos descubran el valor de detenerse, de imaginar, de dejarse llevar por la palabra. Porque, como demostró en el patio del Don Diego, todavía hay espacio y necesidad para los cuentos que no se ven, pero se sienten.





