Aspecto de la explanada del mercado durante la misa al aire libre Foto: GACETA
Aurelio Maroto
La Virgen de Peñarroya volvió a caminar este martes por las calles de La Solana, fiel a la tradición de los últimos años durante la Semana de Exaltación. A las seis de la tarde, la patrona abandonó la parroquia de Santa Catalina portada a hombros por sus fieles y comenzó un recorrido que tuvo mucho de procesión y mucho de encuentro entre la imagen y su pueblo.

Mucha gente acompañó a la patrona en su recorrido Foto: GACETA
La comitiva avanzó por las calles Concepción, Feria, Cárcel Vieja, Pardica, Lanas, Manos de Oro, Garridas, Cirugeda, Trafalgar, Severo Ochoa, Antonio Machado y Cánovas del Castillo, hasta alcanzar la Plaza del Mercado. Numerosos vecinos salieron a la calle para acompañar el paso de la patrona, en una tarde que fue perdiendo lentamente la luz y ganando el sosiego de una plácida noche de verano.

Uno de los altares donde la Virgen se detuvo Foto: GACETA
Pero hubo algo más que un simple itinerario. Durante el trayecto, la Virgen encontró pequeños altares preparados con mimo por los vecinos. Allí se detenía unos instantes. Sonaban los vivas, se rezaban las oraciones y también se multiplicaban las fotografías. Grandes y pequeños quisieron guardar el recuerdo de ese encuentro cercano con su patrona. Niños en brazos, abuelos, familias enteras y devotos de todas las edades se acercaron a la imagen mientras el cortejo avanzaba. Es una de las estampas más reconocibles de la Semana de Exaltación: la Virgen saliendo del templo para mezclarse con la vida cotidiana del pueblo, entrando en sus barrios y recibiendo el cariño de quienes la esperan en la puerta de sus casas.

Benjamín Rey ofició la eucaristía Foto. GACETA
La Plaza del Mercado fue el destino de esta jornada. Allí se levantó el altar para una eucaristía de campaña, celebrada al aire libre entre una temperatura perfecta. El párroco de Santa Catalina, Benjamín Rey, ofició la misa ante los fieles congregados. Concluida la celebración, la Virgen emprendió el último tramo de la jornada hacia el convento de San José, donde habitan las monjas dominicas de clausura.





