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Viktoria, entre su 'hermanas' de La Solana en una simpática imagen

   Aurelio Maroto

   Esta película ya la habíamos visto, pero la historia se repite. Por desgracia. En una casa de La Solana, los primeros rayos de sol del verano iluminan la estancia donde se escucha un murmullo entre risas y pasos inquietos. Una niña de ocho años, recién llegada de Ucrania, explora cada rincón, con los ojos todavía asustados por sirenas, explosiones y drones. Pilar, su nueva madre (por unos días), la observa con una extraña mezcla de satisfacción, alivio y también algo de pesadumbre. Sabe que Viktoria no tardará en volver a escuchar las sirenas y a esconderse bajo la almohada. La guerra vendrá de nuevo. Lo dicho, esa película no es nueva. La Solana ya se volcó a mediados de los 90, cuando llegaron decenas de niños bielorrusos que buscaban un pequeño oasis para recuperarse de las secuelas de Chernóbil, el célebre –y fatídico- escape nuclear de aquel ya lejano mayo de 1986.

   Meses después de que Viktoria regresara a Chernihiv (urbe de 285.000 habitantes al norte de Ucrania), Pilar Torres Mondéjar –en adelante Pili- llega a Radio Horizonte con ganas de contar su experiencia, pero sobre todo de encontrar complicidades y, en definitiva, nuevos apadrinamientos. La locutora Rocío Reinoso conduce la entrevista en directo, en la que también participa, vía telefónica, Ignacio Cabrerizo, presidente de CREAR (Ciudad Real en Ayuda al Niño). Ambos hablan con serenidad, pero también con contundencia. Las acogidas de niños ucranianos, aunque temporales, ofrecen refugio, calor, recuperación física, y sobre todo, un tiempo para recuperar la infancia perdida.

-Pilar Torres en la entrevista en Radio Horizonte

Pilar Torres durante la entrevista en Radio Horizonte               Foto: GACETA 

  “Llevamos ya 30 años trabajando para ayudar a niños y niñas ucranianos, aunque con interrupciones significativas por el COVID y después por la guerra. “Nuestra asociación se concibe después del accidente nuclear de la central nuclear”, detalló. La misión original consistía en traer niños desde Ucrania para que pasaran “un mes y medio en el verano con familias españolas”. Sin embargo, hoy el contexto ha cambiado: ya no solo preocupa la radiación, sino también los efectos devastadores de un conflicto que ha truncado miles de infancias. El objetivo de CREAR es encontrar familias dispuestas a aliviar esa vida. Recibirían a los niños aproximadamente del 9 de julio al 23 de agosto, unos 45 días “de estancia en paz”.

El principal requisito: querer hacerlo

     ¿Qué requisitos debe cumplir una familia que quiera acoger? “El principal requisito es querer hacerlo”, proclama el presidente con sencillez. Luego, explica, existen trámites burocráticos normales, pero lo esencial es que la familia esté decidida. Pili relató sus miedos iniciales. Vivir con una niña de otra cultura, otro idioma y otra vida, lejos de su país, no es sencillo. “No voy a engañar, da un poco de miedo meterse en esto, sobre todo por el idioma”. Pero en los primeros días el lenguaje deja de ser una barrera. La empatía, los gestos y el cariño son un lenguaje universal. “Son niños que no te conocen de nada pero en cuestión de dos, tres días… hay que vivirlo”, dice con emoción. Recuerda momentos intensos de los primeros encuentros, desde que recogió a Viktoria en Ciudad Real: “Le dije hola y la pobre se echó a llorar como una magdalena”. Fue un instante que puso a prueba su corazón. Sin embargo, ese mismo día, al llegar a casa y ver cómo se le iluminaba la cara al descubrir una cena preparada, supo que había tomado la decisión correcta. “Son muy agradecidos, no necesitan nada, se conforman con un plato de comida y un poco de cariño”. La convivencia cambió en pocos días. “Yo intentaba usar el traductor, pero ella me decía ¡en español, en español!”. Ese proceso de adaptación, más allá de los idiomas, se convirtió en un hilo invisible que los unió a través de la confianza y el afecto cotidiano.

   El presidente de CREAR informó de otras cuestiones prácticas, como el apoyo en servicios sociales homólogos en Ucrania para seleccionar y adaptar los perfiles de los niños que pueden venir. Se trata de casar las edades de los menores con las características de las familias españolas para facilitar la convivencia y la integración. El idioma, insistió, “no es problema ni debe ser un obstáculo para decidir acoger”. Las dudas habituales –dice- giran en torno las necesidades básicas de los niños. Por eso, aclara que CREAR tiene convenios con la Seguridad Social para que los menores sean atendidos sanitariamente durante su estancia, y ofrece apoyo continuo a las familias ante cualquier situación inesperada. También que los niños viajan con dos monitoras que acompañan tanto la llegada como el regreso, y permanecen disponibles durante toda la estancia para facilitar la adaptación y resolver dudas.

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Si fueran nuestros hijos…

 

     La entrevista no eludió los momentos más duros: la hora de volver. “La despedida… sin duda”. Para muchos de los niños, aunque el objetivo sea regresar a su hogar en Ucrania, el vínculo con quienes los acogieron deja huellas profundas. Pili tiene dos hijas, Ainhoa y Elsa, pero durante mes y medio tuvo tres. “Es una sensación muy especial, el vínculo no se rompe”, reflexiona con la voz entrecortada. Su mensaje es de aliento y esperanza. Invita a ver los ojos y escuchar las risas de los niños, a contemplar cómo su alegría puede florecer en un ambiente seguro y lleno de afecto. “Si fueran nuestros hijos… agradeceríamos enormemente que alguien nos tendiese la mano”, subraya, apelando a la humanidad que hace posible este programa. Y animó a más familias a abrir sus puertas y vivan de primera mano el impacto que un simple verano puede tener en la vida de un niño.

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