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Lucía nació y tuve que esperar un año y medio hasta contemplar su primera sonrisa, muy leve, pero al fin y al cabo, sonrisa.

Ocurrió en el hospital, como casi todos sus logros; estábamos solas, como casi siempre.

Pensé que eran imaginaciones mías; pensé que (ahora ya sí) me había vuelto loca.

Pensé que era otro de los días más felices de mi vida.

Lloré de alegría y gasté, en menos de lo que canta un gallo, todo el saldo del móvil anunciando la buena nueva.

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