
Paco Pecado animó la fiesta de 'tardevieja' en la Plaza Mayor de La Solana Foto: GACETA
Aurelio Maroto
La Nochevieja en La Solana volvió a adelantarse al reloj y a las uvas, como mandan los cánones no escritos de la tardevieja. La Plaza Mayor lucía distinto, festivo y desinhibido, anunciando que el año viejo no se iba a despedir en silencio. Qué va. Desde mediodía, se contaban por miles las personas que intentaban avivar el fuego del año que se apagaba. Y eso de las seis, irrumpió Paco Pecado, dispuesto a calibrar el ánimo y convencido de hacerlo estallar.
Nacido en Barcelona en 1993 como Javier Morales, de padre solanero, Paco Pecado se autodenomina cantautor kitsch, una etiqueta con aroma a mercadillo vintage y clara intención artística. Su vocación es crear cultura popular, aunque eso signifique tocar en plazas donde el público sabe más de empanada que de pentagramas. Su música —mezcla de folklore español, electrónica y un punto de nostalgia— fue el cóctel perfecto para una tarde-noche donde la gente pedía juerga como quien pide otra caña en el bar.
Paco Pecado volvió a demostrar que la versatilidad no se predica, se ejerce. Bastó que arrancara la música, esa mezcla sui géneris que brota de la “lata” de su ordenador, para que la plaza se convirtiera en un mosaico en movimiento. En mangas de camisa comenzó el principio del fin de 2025. Cumbias, pasodobles o rumbas fueron encajando en su peculiar puzle polifónico, siempre con respuesta inmediata de un público entregado y poco dado a la compostura.
La medida extravagancia de Paco Pecado, con esa irreverencia que nunca cruza la frontera de lo ordinario, fue clave para conquistar a la multitud. Bajó del escenario, se mezcló con la gente, bailó y encendió aún más una mecha que ya ardía con fuerza. Todos querían subirse con él al pequeño tablao improvisado. Una adorable niña, Triana, fue vestida de la gran Rafaella Carrá… Y entonces ocurrió: una conga larguísima y sincronizada serpenteó por la plaza como pocas veces se recuerda.

Conga multitudinaria durante el show de Paco Pecado Foto: GACETA
El clímax llegó cuando Paco Pecado guiñó el ojo a una de las grandes identidades de La Solana. Sonaron Las espigadoras, de La rosa del azafrán, y la plaza respondió como un solo cuerpo. Zarzuela y desenfado se fundieron en un mismo instante. Exhausto, terminó tumbado sobre el escenario. La Tardevieja ya era historia. Y La Solana, una vez más, había despedido el año bailando.